jueves, 10 de diciembre de 2020

 


Recovecos de encuentros y desencuentros.
Sinusoidales que recorremos sobre pasos ya andados y destinos nuevos que no sabemos si queremos.
Hay cruces que buscamos, intentando recordar lo conocidos y aprender sobre lo nuevo.
Decisiones a tomar que indicaran nuestro futuro. Nos despiertan ansias, esperanzas, inquietudes, supuestos que no sabemos si son reales.
Lo único cierto es el camino que recorremos y que al decidir nos llevaran a un nuevo destino, sin saber si es el esperado






 


Estás ahí oculto. Entre la maraña de los recuerdos y del hoy. Camino en el sendero sin rumbo ni destino. Sólo recorriéndolo con esperanza de encontrarte, con la mirada perdida donde el camino sigue infinitamente.
Quiero y deseo que estés por ahí. Pero no se si lo que encontraré es lo que quiero.
Me pregunto, me cuestiono, me ilusiono, me desilusiono. me alegro y me entristezco.
Los árboles entrecruzándose tejiendo cual si fuera mil telarañas y que una vez fueron frondosos, con vida, exuberante de vegetación, hoy son nada más que ramas secas entrelazadas, troncos grandes de antiguas añoranzas que nos deleitan con su forma y color, pero nos dicen que ya no son.
Me atraen y no los quiero.
Porque lo que busco ya no está ahí.



 


Hay momentos de quiebre, de quiebre absoluto. Donde los sentimientos estallan, se hacen polvo, la venda en mis ojos cae suavemente, como si el viento se la llevara.
Sólo se da. No hay presupuestos, uno no lo ve venir.
Una palabra, un gesto, una mirada, un movimiento del cuerpo, un aroma, un recuerdo.
Y ahí uno queda suspendido, como si el tiempo no pasara, se ralentiza, nada se mueve, yo no me muevo, no pienso, no siento, solo mis ojos están abiertos.
No hay emociones. Sólo realidad.
Sólo la verdad.



 


Sentir la vida.
Sentirse uno mismo.
Solo, caminando sin mochilas, sin destino.
Ser yo y el Universo, que recorre mi piel como el viento que me acaricia y da vida, sentimientos, sensualidad.
Poder construir desde ahí, sin pesos, sin horizonte.
Solo caminar.



 El metrófono suena, así comienza el ritmo.

Así comenzamos el compás de la vida, caminando, solo, acompañado, solo, en grupo, solo.
Ya no es el comienzo, estamos en la vía, en momentos que queremos y a veces que no queremos.
Así es, así será y así fué.
¿Qué nos hace avanzar? ¿qué nos hace quedarnos quietos? ¿qué no hace avanzar sin hacerlo? ¿qué nos hace retroceder?
Añorar es fácil. La añoranza de haber vivido con dolor también es fácil.
Lo difícil es sacarlo de la cabeza, del corazón, de las entrañas. Para poder crecer.
Lo único que nos ayuda es la voluntad. El querer ser más y mejor de lo que fuimos. En salir del pozo que estábamos, en seguir el sendero fuera y lejos del pozo.
Quedarnos con la vivencia de lo vivido como parte de nuestra vida. Pero no como lastre de ella.
¿Jurar nunca más?
Es un propósito. A veces se logra y otras no.
Pero persistir en la voluntad de que no más.



 Es una historia para alguien especial, que ya no está, que quiso irse.

Pero no dejo mi corazón.
Para eso falta tiempo, espacio, distancia.
Es un árbol en crecimiento que lo surcan laberintos, que construyen casas, que suben y bajan escaleras como es la vida, los sentimientos, las construcciones.
Hay remolinos de sueños a crear, de proyectos a construir, de inocencias perdidas y encontradas.
Una flor que recuerda el amanecer se desdibuja, porque no sabe nacer.
La vida es un devenir, que nos sorprende de repente en el paso siguiente.




Sinfonía de caras sueltas.

Siluetas danzando en apoyos frágiles.

Cimientos conocidos pero no queridos.

Querubines sin son, que desafían el ayer.

Pechos pujantes que no encuentran su sostén.

Aquí, ahora, ayer, después, mañana, tal vez.

Se dibuja la sombra de una cara que no termina de nacer.

El compás del remolino que la historia es.

Aflora el futuro que no sabe quien es.